Reflexiones amigas en tiempos confinamiento

Koldo Unceta Satrustegui

Doctor en Ciencias Económicas y Catedrático de Economía Aplicada de la UPV/EHU. Cofundador del Instituto Hegoa de estudios sobre Desarrollo y Cooperación. Profesor y amigo.

Sobre la economía, el coronavirus, y el futuro que nos espera. Reflexiones en tiempos de confinamiento
Koldo Unceta, abril 2020

Era la mañana del lunes 30 de marzo. Unas horas antes, el gobierno había decretado la suspensión de todas las actividades no esenciales. Por un lado había desconcierto ¿Qué se paralizaba y qué no? ¿A quienes afectaba? Por otra parte se había desatado la controversia. El empresariado parecía estar muy enfadado con la medida, mientras desde otros sectores se defendía la misma como vía más adecuada para reducir al mínimo los contagios.

Estaba esa mañana oyendo la Cadena Ser mientras desayunaba. Entró en escena Arantza Tapia, Consejera de Industria del Gobierno Vasco quien, entrevistada por Angels Barceló, se quejó amargamente de que el gobierno español no hubiera contado con las CC. AA. tal como hace el gobierno alemán con los landers para, a renglón seguido, arremeter contra las medidas del gobierno señalando que las mismas “beneficiarán a nuestros competidores de otros países”. No aportó posibles escenarios ni datos concretos. Tampoco nos dijo cómo se iban a producir tan rápidamente cambios de proveedores en un contexto en el que muchos de los demandantes también están obligados a parar su producción. Pero dejó clara su preocupación por que “la economía” se viera negativamente afectada por las medidas del gobierno.

A la pegunta de si el GV tenía otras alternativas respondió que sí, pero que no iba a explicarlas pues el gobierno central ya había impuesto las suyas. Me quedé por tanto sin saber cuáles eran esas medidas alternativas, más allá de subrayar la necesidad de tener en cuenta el aspecto diferencial del tejido económico vasco. Sin embargo, no escuché nada sobre los posibles contagios entre personas que pudieran generarse en cada proceso productivo como consecuencia del contacto físico entre ellas. La consejera reclamaba la especificidad de la economía vasca a la hora de tomar medidas, pero no argumentaba cómo en la mayoría de las industrias podrían evitarse los contagios si se mantenía la producción.

Intervino también en el programa el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, para señalar que “la economía va a ser más débil y las empresas van a estar en una situación mucho más delicada”, como consecuencia de las medidas adoptadas por el gobierno. Pero lo curioso es que cuando le preguntaron si los empresarios tenían otras alternativas para aplanar la curva de contagios respondió evasivamente que “nosotros no sabemos exactamente qué dice el comité ese de expertos” (sic).

Pero sin duda la guinda del programa la puso el muy liberal Ignasi Guardans, exparlamentario
de CIU, y actualmente dedicado a sus actividades en el sector privado y a las tertulias en medios de comunicación. Ante la noticia de que el gobierno no había querido aceptar presiones del empresariado a la hora de tomar medidas para evitar los contagios, Guardans exclamó indignado: “¿Qué es eso de que no aceptan presiones? Respétese a quien se está jugando su propio dinero”. No sabemos qué hubiera dicho Guardans si un representante sindical hubiera planteado la necesidad de respetar a quienes se están jugando la vida en el trabajo –y no sólo ahora en la crisis del coronavirus-, pero probablemente el calificativo de demagogo habría sido el más suave. Pero su indignación no quedó ahí, sino que le llevó más lejos, señalando que le molestaba profundamente el discurso de alguna gente del gobierno -sin especificar a quienes se refería- “que no saben nada de cómo funciona la economía de este país” 1 .

1. Lo más curioso es que, un minuto después, intentando apuntalar las posiciones defendidas por Arantza Tapia, Guardans –que se debe considerar, él sí, un gran conocedor de la realidad económica- argumentó que no tenía sentido comparar la situación de algunos lugares en donde la gente tiene que ir a trabajar apretada en el metro con otras circunstancias, como las de la industria “del centro de Euskadi”, donde la gente va “andando a trabajar”. Si Guardans se hubiera molestado en conocer un poco la realidad, sabría que en el País Vasco el 60% de la gente trabaja en un municipio distinto de aquél en el que vive, y que
en algunas zonas industriales “del centro de Euskadi”, como la comarca de Tolosa, o la de Arratia- Nervión, esa movilidad es del 80%, y ello además con tasas de desempleo que en ambos casos no superan el 7 o el 8%. (datos del EUSTAT, Instituto Vasco de Estadística, accesibles para cualquiera que desee conocer la realidad).

Traigo a colación este programa de radio como podría haber traído cualquier otro, pues los mismos argumentos se han venido repitiendo –con pequeñas variaciones- a lo largo de los últimos días. Eso ha hecho que muchas personas se hayan podido quedar con la impresión de que ¡ojo! la salud es importante, pero si por proteger la salud nos cargamos “la economía” habremos hecho un pan con buenas tortas.

Ahora bien ¿es correcto hablar de una crisis sanitaria y una crisis económica como cuestiones diferenciadas? ¿Se trata de asuntos que deben ser gestionados de manera independiente, como si se tratara de guardar un adecuado equilibrio, evitando que la gestión de una incida negativamente sobre la otra? ¿Debe preservarse el funcionamiento del aparato productivo para que, a medio plazo, no empeore la situación de la gente, como defienden algunos? ¿Debe prevalecer la salud como señalan otros, evitando los contagios producidos por la relación física entre las personas?

Todas estas preguntas, y otras, ponen de nuevo sobre la mesa viejos debates que, sin embargo, puede ser bueno traer de nuevo a la conversación pública. Esa es la intención de estas notas. Una advertencia: no pretendo discutir sobre la bondad de las medidas adoptadas por el gobierno, cosa que dejo para los epidemiólogos, sino únicamente analizar los argumentos que se han utilizado, desde diversos sectores, para apoyar o para cuestionar dichas medidas.

1. Se está partiendo de una concepción parcial y compartimentada de la economía y del sistema económico, que impide analizar el problema en su globalidad y complejidad.

Parece ser que, para algunos, el sistema económico es algo separado del mundo de la biología y del mundo físico. El aire, el agua, las plantas, los recursos del subsuelo, los bosques, el resto de los seres vivos, etc… deben estar al servicio de “la economía”. Suelen decir que habrá que intentar evitar el deterioro del medio ambiente que nos rodea, pero si en último término hay que elegir, no se puede poner en peligro “la economía” para salvar “el medio ambiente”.

Para algunos otros, la cosa va más lejos aún y conciben “la economía” como algo separado también del mundo social. Las personas son, para ellos, un medio para hacer que la economía “funcione” y para ello deben estar a su servicio. Si los empleos se precarizan, si aumenta la explotación laboral, si cada vez es más difícil conciliar la vida familiar y laboral, si para salir de la pobreza ya no basta con tener trabajo, pues es realmente una faena –reconocen a veces-, pero si en último término hay que elegir, no se puede poner en peligro “la economía” para salvar la dignidad de las personas. Resultado: más recortes sociales y menos derechos laborales.

Pues bien, resulta que el puñetero coronavirus nos ha puesto ante la espada y la pared. Ya no se trata de elegir entre “la economía” y “el medio ambiente”, o entre “la economía” y “la dignidad de las personas”, sino directamente entre “la economía” y “la vida de las personas”. Y aquí es donde han comenzado los equilibrios y los trucos de prestidigitación para hacernos creer que “salvando la economía” estaremos en mejores condiciones de “salvar a las personas”.

Pero, ¿qué demonios entendemos por economía?

Para algunos, el mundo económico se reduce a la producción y distribución de bienes y servicios. Para ello, el mundo económico toma lo que necesita del mundo físico y del mundo social. Dicho de otra manera: se sirve de los recursos naturales y del trabajo de los seres humanos para incrementar esa producción de bienes y servicios. Tanto los seres humanos como la naturaleza son considerados como medios para ser utilizados en la consecución de un bien superior: hacer que aumente la producción, lo que algunos llaman –y se quedan tan anchos- “que crezca la economía” (sic).

Para defender este planteamiento se han venido utilizando dos razonamientos principales. Por una parte se ha venido apelando a las necesidades humanas y al imperativo de producir más para poder satisfacerlas, especialmente cuando la población iba en aumento y sus expectativas de bienestar se iban ensanchando. De ahí que para que la gente pudiera acceder a lo que necesitaba hacía falta producir más, era preciso el crecimiento económico.

El segundo gran argumento para poner la producción por encima de cualquier otra consideración ha sido el de la necesidad de que la gente tenga medios de vida, tenga rentas para poder adquirir los bienes y servicios deseados, lo que nos lleva a la cuestión del empleo y a la preocupación porque “la economía crezca” para generar un mayor número de empleos y, de modo más general, para que la gente pueda disponer de mayores ingresos.

Uno y otro argumento vienen a converger a la hora de plantear que hay que defender “la economía” para que la gente pueda vivir adecuadamente, en un razonamiento circular por el que, a su vez, las personas –y la naturaleza- tienen que adaptarse a las necesidades de “la economía” para que esta pueda funcionar de manera más eficaz.

Pero ¿puede realmente hablarse de economía como algo diferenciado, o separado, del mundo social y del mundo físico? No, desde luego, si volvemos a la noción primigenia del término “Economía”, y a su acepción aristotélica como “buena administración o administración prudente de la casa”, lo que implica tener en cuenta todos los aspectos que inciden en dicha administración: los bienes, las relaciones entre las personas, los recursos naturales, la salud, la cultura, los cuidados, etc. Desde esta perspectiva, la esfera de lo económico constituiría un subsistema dentro de un sistema más amplio del que forman parte la esfera de lo social y también el mundo físico. En ese marco, la organización de la producción y distribución de bienes y servicios debería llevarse a cabo de manera que pueda funcionar en condiciones de equidad social, sostenibilidad, y respeto a los derechos humanos, para que “la casa” pueda ser prudentemente administrada.

Ahora bien, si nos empeñamos –como hacen algunos- en entender la economía como algo separado del objetivo de la reproducción de la vida en condiciones dignas, y seguimos reduciendo el mundo de lo económico al mundo de los negocios-, entonces no estamos en condiciones de afrontar el falso dilema que se nos quiere plantear entre “preocuparnos por la salud” y “preocuparnos por la economía” pues, desde esa perspectiva, la salud de las personas no formaría parte, intrínsecamente, de la “prudente administración de la casa”.

En consecuencia, para poder abordar el tema que nos ocupa de forma más rigurosa y clarificadora, sería bueno volver a la distinción aristotélica entre “economía” y “crematística”. ¿De qué queremos hablar? ¿De cómo administramos y organizamos mejor la vida sobre el planeta? ¿O de cómo administramos el mundo de los negocios? Pero me temo que, para algunos, queda mucho mejor hablar apelando a “la economía”, que hacerlo en nombre de la “crematística”.

Sin embargo, para adentrarnos en algunos de los debates que plantea la situación actual –y que afectan también al futuro que nos espera- resulta fundamental partir de una visión amplia de la economía, evitando perspectivas compartimentadas que, en mi opinión, sólo pueden llevar a la confusión.

2. Es preciso asegurar la dignidad de la de vida humana y las condiciones de su reproducción. Ese es el objetivo. La producción de bienes y servicios es el medio para facilitarlo.

Si el objetivo del subsistema económico es garantizar la reproducción de la vida humana en condiciones de dignidad, de equidad y de sostenibilidad ambiental, no cabe plantear un debate sobre jerarquía de objetivos entre la actividad económica y la salud de las personas como el que ha tenido lugar en estos días.

Como ya se ha señalado, para algunos, cancelar actividades económicas -aunque las mismas impliquen riesgo de contagio- constituye un remedio que “puede ser peor que la enfermedad” (Trump), o que puede dejar a las empresas en una situación muy delicada, como apuntaba Garamendi, el presidente de la CEOE. La viabilidad económica se asocia de esta manera a la rentabilidad empresarial, sin que se conciban otras formas de rentabilidad, o de eficiencia, como pueden ser la eficiencia social o la eficiencia ecológica. Si la rentabilidad de las empresas aumenta y los negocios florecen, se dirá que la economía va bien, aunque aumente la pobreza, la precariedad, la desigualdad, la violencia social, o la amenaza del cambio climático.

Pero ¿Y la salud de las personas? ¿Qué ocurre cuando, como ahora, miles de vidas humanas se ven amenazadas? Como decía el otro día Sergio Ramírez en un brillante artículo en El País, resulta cautivadora la urgente necesidad que algunos plantean de “escoger entre la economía y los viejos”. Y es que, para algunos, no hay más remedio que plantearse una elección entre los cuidados del presente y la fortaleza económica en el futuro. Si se ponen en riesgo las empresas –aducen- muchas de ellas no podrían luego salir de nuevo a flote y ello provocaría pobreza generalizada, lo cual sería peor que unos cuantos miles de muertos más por el coronavirus. O, dicho de otra manera, para no poner en riesgo el futuro de esas empresas, podría ser mejor poner en riesgo la vida de unos cuantos miles de personas. No se atreven a formularlo así, pero en el fondo ese es el planteamiento.

La otra perspectiva, la de propiciar el cierre de actividades económicas no esenciales como única manera de evitar nuevos contagios y, con ellos, la propagación de la enfermedad, nos remite a otro asunto que en absoluto es sencillo: ¿Qué entendemos por actividades esenciales? ¿Cómo podemos asegurar un flujo de bienes y servicios suficiente para poder atender las necesidades humanas? ¿Existe una relación de necesidades humanas básicas cuya provisión debe asegurarse y, por lo tanto, unas actividades económicas que no pueden suspenderse?

Lo cierto es que el debate de las necesidades básicas apenas está presente en el debate económico convencional, quedando normalmente relegado al ámbito de algunos círculos heterodoxos. Para la ortodoxia económica dominante, el objetivo es el logro de un mayor crecimiento económico –cuánto vale lo que se produce-, independientemente de qué es lo que se produzca -en el PIB suman igual los alimentos o las medicinas, que los coches de lujo o las armas-, y de cómo y en qué condiciones se produzca -con unas u otras condiciones laborales, con unos u otros daños medioambientales-.

Resulta bastante ilustrativo observar la manera en que estos asuntos se han planteado estos días:

– Los argumentos para defender el “cierre” de todas las actividades no esenciales, han necesitado ahondar en qué es y qué no es esencial, estableciendo catálogos de actividades para ello (que luego se han ido rectificando, ampliando o reduciendo). Pero más allá de la letra pequeña, se ha tenido que reconocer que lo esencial gira en torno a la alimentación (mantener actividades agropecuarias, industria alimentaria y comercio de alimentación), la salud (farmacias, industria farmacéutica, higiene), combustible y energía, y en este caso industria química relacionada con la higiene y la desinfección. Y junto a ello, el gobierno ha tenido que tomar medidas para asegurar otro bien básico, la vivienda, mediante resoluciones sobre las hipotecas y/o los alquileres.

– Por el contrario, los contrarios al “cierre” han tendido a argumentar más por el lado de las rentas. Señalan que, impidiendo la actividad económica, se corre el riesgo de perder empleos (olvidando de paso que muchos se están perdiendo por el elevado grado de precariedad existente), de que se cierren empresas o caigan bruscamente sus beneficios, o de pérdidas directas de ingresos en el caso de los autónomos, cuyo número ha crecido espectacularmente en la actual estructura el mercado de trabajo. Para hacer frente a estas circunstancias, el gobierno ha tenido que tomar medidas para impedir algunos despidos, o para asegurar prestaciones por desempleo.

El diferente énfasis en uno u otro asunto a la hora de abordar el debate de estos días pone de manifiesto las contradicciones sobre las que está organizada la vida económica. Se supone que el objetivo debería ser la vida de las personas en condiciones de dignidad y sostenibilidad –qué y cómo- pero de pronto, en situaciones límite como las que ahora atravesamos, nos plantean que lo importante es cuánto vale lo que se produce y qué rentas genera.

En el caso que nos ocupa, los argumentos a favor del cierre de actividades han tendido a fijarse en el qué y en el cómo (si es esencial o no lo que se produce, en relación con los riesgos de contacto social y de contagio que puede generar su producción), mientras que las críticas al cierre de actividades se han centrado en señalar las rentas que se dejarían de percibir –o se dejarán de percibir en el futuro- por parte de empresarios, trabajadores, o autónomos.

¿Son incompatibles ambas perspectivas? Evidentemente son contradictorias, pero todo en la vida es contradicción. Además, las sociedades crecientemente urbanizadas en las que nos ha tocado vivir no facilitan la tarea de conciliar ambos asuntos al existir una drástica separación entre productores y consumidores. Ahora bien, lo importante es, en mi opinión, ver qué tendencia prevalece en cada momento, hacia donde se intenta resolver la contradicción. Si seguimos teniendo como aspiración producir bienes y servicios de la manera en que se generen más rentas (cuándo vale lo que producimos en términos monetarios), o bien si lo hacemos teniendo como objetivo prioritario la satisfacción de las necesidades humanas de manera sostenible (qué producimos, y dónde y cómo lo hacemos). Porque lo que resulta de una candidez asombrosa, es observar hace unos días al presidente Macron sorprendiéndose de que una potencia económica como Francia no sea capaz de autoabastecerse de un bien de primera necesidad estos días, como las mascarillas, teniendo que depender de su importación desde países asiáticos en los que, como bien sabemos, existen elevados niveles de explotación laboral.

3. Si salimos de ésta, habrá que abordar, de una puñetera vez, el problema que supone la mercantilización de todos los órdenes de la vida.

“Lo que revela esta pandemia”, dijo aquella noche Macron, “es que hay bienes y servicios que deben estar más allá de las leyes del mercado”. Bien, aunque un poco tardío, se trata de un estupendo descubrimiento pues, efectivamente, uno de los grandes problemas de las sociedades actuales es que una mercantilización acelerada y descontrolada se ha convertido en el eje en torno al cual se articula vida social, generando una medida de las cosas en la que no encuentran lugar otras referencias y otros valores –que no sean los del mercado- sobre los que sustentar la convivencia humana. De hecho, la irrupción e intromisión del mercado –y del pensamiento orientado al mercado- en muchos ámbitos de la vida tradicionalmente regidos por normas no mercantiles constituye uno de los hechos más significativos de nuestro tiempo.

Lo cierto es que tanto la naturaleza como las relaciones sociales han sufrido la irrupción del mercado hasta los últimos rincones, dando como resultado una crisis sistémica de proporciones nunca antes conocidas. Así, se ha producido una casi completa mercantilización del trabajo, convirtiéndolo exclusivamente en mercancía intercambiable por dinero, eliminándose progresivamente otras formas de trabajo social, voluntario, comunitario, etc., y todo ello a la vez que se pretendía invisibilizar el trabajo no remunerado que se lleva a cabo en la esfera reproductiva -realizado mayormente por mujeres- profundizando así en la discriminación laboral en función del género. Al mismo tiempo, se ha ahondado en la mercantilización de la naturaleza, llevándola hasta sus últimas consecuencias al convertir en simple mercancía los recursos naturales en su conjunto, y hasta pretendiendo patentar formas de vida por parte de algunas grandes corporaciones como ha venido ocurriendo en las últimas décadas. Un proceso que ha llevado consigo a una pérdida de biodiversidad que algunos expertos están situando estos días en la base de pandemias como la que ahora enfrentamos.

Como bien dice Macron, hay cosas que deben quedar fuera de la esfera del mercado. Probablemente, más de las que él imagina. Ahora bien, para ello es obligado plantearse un cambio drástico en las reglas de juego que posibilite un proceso de progresiva desmercantilización, como herramienta indispensable para organizar la actividad económica buscando el bienestar de las personas y haciéndolo compatible con la base de recursos naturales.

¿Seremos capaces de recuperar otras formas de relación económica entre las personas más allá de lo puramente mercantil? ¿Seremos capaces de recuperar el sentido de lo público, la idea del bien común, la gestión compartida de los bienes globales, la idea de la redistribución? ¿Podremos recuperar también el sentido de lo comunitario y muchas formas de colaboración -y de creación de valor- no mercantiles, como las que estos días han florecido a lo largo y ancho de todo el mundo? ¿Seremos capaces de dejar al mercado sólo aquellas esferas –que son muchas- en las que puede ser el ámbito de relación social más eficiente, y preservar para otras formas de relación económica –a través del sector público, o mediante la cooperación comunitaria- otras esferas en las que el mercado es claramente ineficiente tanto desde el punto de vista social como ecológico?

Lo que parece claro es que, si el objetivo sigue siendo promover aquellas actividades que generen más rentas, para que teniendo más dinero podamos comprar más cosas – independientemente de su utilidad social y su compatibilidad ambiental-, seguiremos aceptando formas de producir y formas de trabajar que implicarán mayor sufrimiento, mayor precariedad, mayor incertidumbre y, a la postre, mayor inseguridad personal y colectiva. La inseguridad de la salud será uno de los componentes de esa inseguridad humana, en la medida en que las personas sigan estando al servicio de la producción, y no al revés, y en la medida en que la mercantilización de la naturaleza siga destruyendo la biodiversidad e incrementando el riesgo de nuevas enfermedades y pandemias.

¿No es hora de acabar con el sinsentido de querer generar más rentas (es decir producir más dinero) a costa del bienestar de las personas –es decir, a costa su salud, de su estabilidad laboral, de su posibilidad de tener proyectos personales, de su estabilidad emocional, incluso de su capacidad de reproducirse y tener hijos/as-, y a costa de la sostenibilidad de la vida, con la promesa de que la generación de mayores rentas, de más dinero, será la vía para incrementar su bienestar? ¿Puede perseguirse el bienestar futuro ahondando en el malestar presente?

Parece claro que, en estas circunstancias, debates como el de las necesidades esenciales, el de la renta básica, y otros del mismo tenor, adquieren una especial significación.

4. Y habrá que mirar, de manera diferente, al dilema entre seguridad y libertad…

La pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto la fragilidad del sistema sobre el que hemos organizado nuestras vidas, la inseguridad que amenaza nuestra existencia. De pronto, un bichito –o lo que quiera que sea el Covid 19- ha puesto patas arriba nuestras vidas, ha causado miles de muertos, ha mostrado la debilidad de nuestros sistemas sanitarios, ha obligado a parar la producción, ha detenido en seco el discutido fenómeno del turismo masivo, ha vaciado los estadios de futbol, ha paralizado las actividades docentes, y ha acabado por confinar en sus casas a gran parte de la humanidad. Nunca en las últimas décadas la gente se había sentido tan vulnerable. Ni los países con más armas atómicas o con capacidad para explorar el espacio más lejano han podido defenderse ante el Covid 19, mostrando la estupidez humana en toda su crudeza, pero también la enorme inseguridad en la que nos movemos.

En estas circunstancias, resulta obligado mirar de frente a un conflicto del que se lleva años hablando, pero que siempre se plantea de manera distorsionada: el conflicto entre seguridad y libertad. En mi opinión deberíamos mirar de frente a este conflicto, pero adoptando una perspectiva diferente de aquella en la que nos insisten un día y otro.

En efecto, nos hemos acostumbrado a hablar de este conflicto desde la única perspectiva de la seguridad personal. Se nos viene diciendo desde hace tiempo que, en las circunstancias actuales, debemos asumir una mayor vigilancia del Estado y de los poderes públicos, y un mayor control sobre nuestras vidas, para de esa forma protegernos frente a las amenazas externas.

Sin embargo, la inseguridad personal –el riesgo de que te asalten cuando vas paseando, de que te entren en casa a robar, de que te den una paliza al salir de una sala de fiestas por la noche, o de que te explote una bomba porque desdichadamente pasabas por ahí- no es sino una de las caras de la inseguridad humana. La seguridad humana, como se encargó de recordar un Informe del PNUD de las Naciones Unidas hace ya 25 años, tiene diferentes caras y distintas manifestaciones. El PNUD hablaba por aquel entonces de diversos tipos de inseguridad humana: inseguridad económica (laboral, financiera…), inseguridad ambiental, inseguridad cultural, inseguridad personal, inseguridad alimentaria…, y también inseguridad de la salud. Una inseguridad humana que amenaza la existencia de la gente y quiebra todo tipo de proyectos personales y colectivos, provocando una incertidumbre incompatible con el bienestar de las personas y con la sostenibilidad de la vida.

Con motivo de la pandemia del coronavirus, el debate sobre la seguridad humana ha logrado ampliar su radio de acción, adoptando nuevas perspectivas, en línea con lo señalado más arriba. ¿Es posible –se dice- controlar una pandemia como la que nos está asolando, sin un férreo control sobre la población? ¿No es mejor –dicen algunos- renunciar a parte de nuestra libertad personal y aceptar que regímenes políticos como el de China están en mejores condiciones de hacer frente a una situación como la que atravesamos?

En mi opinión, esta forma de plantear el asunto tampoco ayuda a ver las cosas en su verdadera dimensión. Porque lo que se nos quiere vender con esa forma de entender “la seguridad” es
un mundo con menos derechos y menos libertades para las personas y con los mismos –o más- derechos y libertades para las empresas. Un mundo en el que nuestras vidas van a estar controladas por cámaras, GPS, big data, etc., de manera que las empresas puedan ampliar sus formas de abrir nuevos mercados y ampliar sus márgenes de ganancia. Y ello, sin que nadie nos asegure –como ocurre ahora mismo en China- que esos superpoderes vayan a ser capaces de asegurar la salud de la gente, la sostenibilidad medioambiental, la equidad social, y todo aquello que contribuye a una mayor seguridad humana. Además, no podemos olvidar que la libertad de las personas y el respeto a su privacidad y su libertad, la seguridad y la libertad política, es una de las dimensiones clave de la propia seguridad humana, tal como señalaba el informe del PNUD antes mencionado.

¿Por qué, entonces, no enfocar el conflicto entre seguridad y libertad de otra manera? ¿Porqué no poner en primer término las amenazas que para la seguridad humana provienen de la libertad irrestricta de mercado y del desorden neoliberal que nos han querido imponer? ¿Porqué no poner en foco en observar la manera en que la inseguridad humana ha ido creciendo durante las últimas décadas caracterizadas por la creciente desregulación económica y el menor control público sobre los mercados?

En la actualidad, nos encontramos con que, en nombre de la libertad, se ha encumbrado al mercado a la categoría de bien absoluto, a cuyas exigencias debe plegarse todo lo demás, incluidos los derechos y las libertades de las personas. Y así, en nombre de la libertad absoluta del mercado se cercenan los derechos/libertades de la gente a poder tener un proyecto vital, y se genera una creciente inseguridad personal y colectiva. En nombre de la libertad absoluta del mercado se pone en peligro la estabilidad social y la seguridad ambiental. En nombre de la libertad absoluta del mercado se permite la contratación precaria de la gente, la explotación infantil, o la destrucción del bosque tropical. En nombre de la libertad de mercado se organiza la producción y distribución de bienes y servicios de manera ineficiente tanto social como ecológicamente, provocando constantes disfunciones y crisis en el sistema.

Volvamos por un momento a Macron y las mascarillas. Habrá quien piense que la libertad –de mercado- implica precisamente eso: que nadie en Francia tenga la obligación de producir mascarillas porque los que quieran comprarlas –sean instituciones públicas o agentes privados- tienen la libertad de elegir donde las compran, y les resulta más barato adquirirlas, pongamos, en China o en Bangladesh. Aunque ello sea un despropósito ambiental -traer simples mascarillas en grandes aviones desde la otra parte del mundo-. Aunque ello implique asumir como válida la posible explotación laboral de menores en muchos lugares. Aunque ello represente un disparate desde el punto de vista económico si adoptamos -volviendo al principio de estas notas- una visión amplia de los procesos económicos, que incluya la valoración de los costes ambientales y humanos.

Algunos dirán “Es el mercado, amigo. Es la libertad de dónde y cómo producir, de dónde y cómo comprar”. Pues bien, en mi opinión, es a esa libertad irrestricta del mercado a la que hay que poner coto, no a la libertad de las personas. La actividad económica debe moverse dentro de ciertos límites para así garantizar la seguridad humana, impidiendo que la primacía absoluta del mercado ponga en peligro todos los días nuestra salud y nuestro bienestar.

En mi opinión, es en esa visión amplia y compleja de la seguridad y la inseguridad en donde hay que situar el conflicto entre seguridad y libertad, sin reducirlo al ámbito de la delincuencia o de la amenaza del terrorismo. Entre otras cosas, porque el aumento de la delincuencia y de las amenazas terroristas es inseparable del aumento de la conflictividad social y de la incertidumbre personal y colectiva generada por la desregulación económica, y de sus consecuencias en el plano de la desigualdad, la pobreza, la discriminación, y la frustración personal y colectiva. De la misma manera, pienso que el debate tampoco puede reducirse – como se está haciendo en estos días- al ámbito de las medidas sanitarias adoptadas, al objeto de asegurar el confinamiento colectivo mediante un mayor control policial sobre las personas.

El debate es mucho más amplio. No pretendo negar la existencia de un campo de discusión y análisis sobre la relación entre la seguridad de las personas y la acción de los poderes públicos, incluyendo las funciones de policía. Pero creo que, en el contexto en que nos movemos, es necesario cambiar las coordenadas del debate, poniendo en primer término el conflicto existente entre la libertad irrestricta del mercado, la ausencia de control y regulación de la actividad económica, y la seguridad humana en su sentido más amplio. Siendo consciente de que, al hacerlo, tendremos que cuestionar muchas actividades que amenazan día a día nuestra seguridad y nuestra libertad, aunque nos digan que las mismas generan importantes rentas monetarias.

En definitiva, creo que Frente a la idea de “más libertad de mercado y menos libertad política” es necesario defender la necesidad de “más libertad política y más control sobre el mercado”

5. Volviendo al principio

Desconozco si las medidas de confinamiento y de paralización de muchas actividades económicas adoptadas por el gobierno de Sanchez -y por otros muchos gobiernos del mundo- son o no las adecuadas desde el punto de vista epidemiológico para evitar los contagios y mitigar el tremendo impacto del Covid 19. Pero sí planteo que los argumentos que se han utilizado para reclamar la primacía de “la economía” esconden una manera de entender el mundo – y la propia economía- desde la cual será imposible encarar el futuro sobre unas bases más sólidas, y más acordes con la seguridad humana y la dignidad de las personas. Más aún, si no logramos cambiar la perspectiva, acabaremos cambiando nuestras mentes y haciendo bueno el propósito enunciado por Margaret Thatcher en 1981: “la economía es el método, el objetivo es cambiar el alma”.

Estamos en un momento inimaginable hace tan solo unos meses. En poco tiempo vamos a ver cómo el mercado destruye millones de puestos de trabajo y arruina a miles de pequeños empresarios y autónomos. Vamos a ver si las instituciones públicas –empezando por la UE- son capaces o no de asumir su papel y tomar las medidas necesarias para paliar este desastre. Vamos a ver cómo se recuperan algunos viejos debates, como el de las necesidades básicas, y cómo otros, como el de la renta básica universal, se ponen sobre la mesa con nuevas energías. Vamos a comprobar que algunas cosas y algunas actividades que nos parecían imprescindibles no lo son tanto, y vamos a descubrir nuevos aspectos de la vida que creíamos olvidados y que resultan esenciales.

En estos días de confinamiento se están poniendo a prueba muchas cosas, y se están desatando también muchas energías sociales. Energías que ponen de manifiesto que hay vida más allá del mercado y que la sociedad, si encuentra estímulos para ello, es capaz de salir a flote en condiciones sumamente complicadas. Las iniciativas comunitarias en los más diversos terrenos, los procesos de ayuda mutua, las ideas puestas en marcha por muchos pequeños ayuntamientos, las propias medidas apoyadas por algunos gobiernos, demuestran que la historia no está ya escrita, y que no es verdad que sólo haya un camino para organizar la convivencia social.

Mucha gente se pregunta si sabremos aprovechar esas energías y, a la vez, sacar lecciones de
lo que está ocurriendo. Personalmente, creo que ello dependerá de muchos factores pero, entre otros, me parce que influirá mucho la rapidez con la que se encuentre, o no, una solución técnica eficaz en forma de vacuna contra el Covid 19. Puede que si esto se produce a corto plazo, en unos pocos meses, algunos traten de aprovechar la situación para convencernos de que esto ha sido sólo un paréntesis, y de que hay que recuperar lo antes posible la trayectoria que veníamos siguiendo. Por ello creo que no está de más que aprovechemos los difíciles tiempos que tenemos por delante –y que como poco durarán unos cuantos meses- para extender el debate y profundizar en algunos aspectos fundamentales sobre la organización de la convivencia social.

Contribuir a ese debate era el sentido de estas notas que, como siempre, han acabado siendo más largas de lo inicialmente previsto.

Koldo Unceta, abril 2020.

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Más reflexiones amigas en tiempos confinamiento

Noelia Sánchez Suárez

Socióloga, profesora de la ULPGC y presidenta de la Federación Ecologista Canaria Ben Magec-Ecologistas en Acción. Activista, compañera y amiga.

¿QUÉ MUNDO QUEREMOS?

Capítulo 1. ESTADO DE LA CUESTIÓN Y PRIMEROS ESBOZOS

En los últimos meses venía siguiendo con curiosidad artículos que hablaban de algunos movimientos dentro del propio sistema capitalista que ponían en cuestión, al menos tímidamente, desde dentro, el paradigma teórico neoliberal hegemónico en las tres últimas décadas. Este paradigma, recordemos, considera que la lógica del mercado debe regular todos los aspectos de la vida y que la intervención estatal, con el objetivo de ajustar la oferta o la demanda o corregir las graves desigualdades sociales derivadas de la lógica del beneficio privado, es nociva para el correcto funcionamiento del mercado y es, en último término, la causa de los problemas. El Estado debe únicamente garantizar el marco legal y de seguridad –o represión- que permita el libre funcionamiento de las reglas del mercado capitalista.

En las facultades de economía se enseñan preceptos propios de la economía clásica liberal como si se tratase de la única “ciencia económica” posible, después de haberse abandonado el modelo keynesiano y proclamarse el “fin de la historia”, por parte de autores como Fukuyama y señalarse la imposibilidad del socialismo como haría Hayek, tras la caída del bloque soviético. Recordemos también que el modelo  keynessiano  fue aquel que tras el crack del 29 y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial consiguió generar un período de prosperidad social a través de la intervención de los estados del bienestar en el mercado, prestando servicios y generando demanda, contribuyendo a la generación de una  gran clase media sobre la base de una economía del consumo de masas. En la década de los setenta -con las políticas económicas  avaladas por Friedman y lideradas por Reagan y Thatcher- y de manera más acuciante en los noventa comenzó una nueva era de capitalismo neoliberal en la que se vació al Estado de su papel regulador, destruyendo y desmercantilizando además los pocos sectores que se mantenían fuera de las lógicas del beneficio, como los servicios sanitarios o de salud, el sector energético o las telecomunicaciones.

Las tremendas desigualdades sociales provocadas en esta última oleada de capitalismo neoliberal han generado más bien una numerosa legión de precarios sin identidad colectiva que no son capaces de reconocerse los unos en los otros. Pero la frustración y el descontento social generalizado y las cada vez más visibles e incontenibles consecuencias del deterioro ecológico y climático han permitido el surgimiento de algunas voces críticas dentro del propio sistema que, para salvarlo, hablan de la necesidad de “reiniciar” y de “reinventar” el capitalismo. Aparecía un artículo en esta línea en septiembre de 2019 nada menos que en el Financial Times, titulado “Capitalism. Time for reset”, donde se expresaba que era la hora de que las empresas se movieran por algo más que por la lógica del simple beneficio para sus accionistas, preocupándose por los trabajadores, el medioambiente, los clientes y la comunidad en general. Se manifestó en la misma línea la plataforma de empresas Bussiness Roundtable, poco antes. Recientemente se hacían declaraciones similares desde el Foro de Davos de 2020. Por otra parte, cada vez son más los teóricos y las propuestas que hablan de la necesidad de un Green New Deal, donde pueden enmarcarse desde el más descarado marketing de lavado verde hasta otros intentos más bienintencionados por generar una suerte de keynesianismo verde reformista. Tímidos pero, al fin y al cabo, movimientos dentro del propio capitalismo, que insinúan que los que quieren seguir manteniendo el barco a flote se plantean la necesidad de modificar ciertas cosas y que, por tanto, dan cuenta de que la máquina no marcha bien.

Me parece interesante recordar que el capitalismo no es ni la más antigua ni la más duradera forma de organizar la economía y la sociedad desde que existe la especie humana, que es posible que sume ya unos 200.000 años, 10.000 desde el surgimiento de las civilizaciones más antiguas. Al contrario, aunque sienta sus bases en el período colonialista de los siglos anteriores, quizá no lleguemos a contarle ni 300 años. Entre sus logros se encuentran haber conseguido alterar la temperatura del planeta en sólo un siglo y medio. En los últimos 40 ha sido capaz de llenar el mar de plástico, generando una capacidad de destrucción sin precedentes. Tomando como referencia el análisis de Polanyi, si bien el sistema capitalista se va fraguando durante dos siglos, es a finales del s. XVIII cuando se produce la “gran transformación” que supone la reducción de la condición humana a la de un individuo egoísta, la definición del bien común como algo que solo puede resultar de la suma de egoísmos particulares, la ascensión del mercado libre como la forma dominante de organización social y la conversión o consideración como pura mercancía de la tierra (naturaleza), el trabajo (las personas) y el dinero.

Tanto Polanyi o Marx como Federicci, nos advierten que este proceso histórico fue de todo menos amable ni libre de oposiciones y contramovimientos. Muy lejos de esto, “el capitalismo viene al mundo chorreando sangre” que diría el propio Marx. Por su parte Federicci nos recuerda que por el camino fue también necesario “domesticar” a las mujeres, para que engendraran y proveyeran de los cuidados necesarios a la mano de obra, sana, limpia y alimentada requerida por los centros de producción capitalista. 

Marx analizó magistralmente algunos de los principales problemas del capitalismo, en plena consolidación del mismo. Si bien su diagnóstico prospectivo sobre el futuro cambio revolucionario y la llegada de un ulterior sistema comunista sin clases no parece haberse cumplido tal como él lo promovió e imaginó, Marx realizó una radiografía minuciosa de las lógicas del funcionamiento del sistema así como de sus fallos. Por una parte, Marx pone de manifiesto que el capitalismo subvierte la lógica precedente “mercancía-dinero-mercancía”, donde el dinero es un medio para intercambiar cosas, por la de “dinero-mercancía-dinero”, donde la mercancía es un medio para conseguir más dinero, que a su vez permite conseguir más medios y mercancías que pueden ser vendidas para seguir ganando más dinero. Se impone así la lógica de la acumulación, del crecimiento por el crecimiento, frente a la verdadera  satisfacción de necesidades. Otra de las deformaciones del capitalismo que Marx destapó fue el “fetichismo de la mercancía”, proceso por el cual las cosas se convierten en un fetiche; se esconde el proceso de explotación laboral que hay detrás de la fabricación de las mercancías a las que rendimos culto y olvidamos que es el trabajo el que otorga el valor a las cosas producidas. El objeto se separa de aquel que lo fabrica, como si cobrara vida por sí mismo. Una de las distorsiones  más importante que el capitalismo provoca en la naturaleza humana que Marx también señaló fue el de la “alienación”, derivada de la separación de los trabajadores de los medios de producción. Los trabaja-dores en el capitalismo están alienados del proceso de trabajo (no trabajan para sí mismos, para sus propias necesidades), del producto final (que no les pertenece), de sus compañeros de trabajo (con los que no cooperan) y de sí mismos (de su propio potencial humano, (Ritzer).

Pero además Marx identificó algunos de sus problemas intrínsecos más importantes, sus  propios cánceres. Los economistas clásicos, en su compilación de las bondades de “la mano invisible del mercado” olvidaron señalar la tendencia a la acumulación de poder propia del mismo, la tremenda desigualdad en la distribución de la riqueza que producía “el más justo de los sistemas”, su propensión cíclica a las crisis y su tendencia al monopolio y la concentración, todos estos mecanismos que vemos repetirse una y otra vez en los nichos de mercado que surgen de la falsa economía colaborativa (Galbraith).

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad, vividas ya la modernidad líquida y la sociedad postindustrial, nos situamos en última fase del capitalismo, el capitalismo del desastre, ese que se lucra sacando tajada de “resolver” las catástrofes y calamidades asociadas al cambio climático que él mismo provoca. Capitalismo y barbarie, que diría Rosa Luxemburgo, pero sin parar de generar beneficios para unos pocos hasta el último día de la apocalipsis final.

Existen, por supuesto, otras corrientes teóricas y económicas -la economía ecológica, la economía del bien común, decrecimiento… – con una presencia irrisoria en las facultades de Economía y ADE-, que plantean críticas más completas a la vez que alternativas constructivas a semejante panorama, desde una óptica más transformadora. Desde la economía ecológica autores como Naredo ponen sobre la mesa todas aquellas cuestiones que las empresas no contabilizan en su balance de costes y bene- ficios, sino que se consideran “externalidades”. Son así consideradas la contaminación, la gestión de residuos, la huella de carbono, el deterioro de los ecosistemas marinos y terrestres, entre otros.

Mientras se privatizan las ganancias, lo público y la sociedad en general han de padecer y hacerse cargo de estas supuestas externalidades que no asumen como coste ni responsabilidad propia las empresas que las generan. Desde la economía feminista Amaia Orozco nos recuerda además que existen muchos otros servicios y costes sociales que, sin remuneración alguna, caen sobre las espaldas de las mujeres, indispensables para sostener a la mal llamada esfera productiva. Estos “servicios” son básicamente todos aquellos trabajos verdaderamente imprescindibles para la vida, los que tienen que ver con el cuidado de la misma, de los niños y mayores, sanos y enfermos, dependientes…. Desde la Economía del Bien Común se recalca la necesidad de poner un límite razonable a la diferencia de ingresos y de patrimonio de todos los miembros de la sociedad, reflexión absolutamente necesaria en este capitalismo donde el 1% de la población acapara el 82% de la riqueza.

Se nos recuerda también que mientras que en el resto de esferas de la vida (familia, amigos, vecindario…) los  valores que sirven y guían nuestro comportamiento son pro-sociales (cooperación, empatía, altruismo, generosidad, solidaridad, amor…), consideramos normal que la economía y las empresas puedan comportarse, por el contrario, como perfectos psicópatas (practicando el egoísmo, el  lucro individual, la insensibilidad, la competencia, la avaricia).  Se nos ha hecho creer, en definitiva, que es a través de los “contravalores” que puede conseguirse la prosperidad de todas y todos. Lo contraintuitivo se convierte así en la lógica dominante. Por contra, desde la corriente del Decrecimiento se nos enseñan vías para la desaceleración paulatina y controlada de la producción económica, se nos muestran caminos para abandonar el dogma religioso del crecimiento como un fin en sí mismo, relocalizando, desindustrializando, autoproduciendo.

Pero de repente, el más simple y menos sofisticado de los organismos, un virus, destruye la normalidad de nuestras vidas, poniendo en evidencia la fragilidad del castillo de naipes de un capitalismo financiero fuertemente basado en las expectativas psicológicas de los accionistas. De repente, lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante. Una periodista y antropóloga llamada Gillian Tett escribió con gran acierto que “para entender cómo funciona una comunidad no hay que fijarse solamente en las zonas que podríamos llamar de ruido social, sobre las cuales todo el mundo desea hablar (…), hay que fijarse también en los silencios sociales”. Y son esos silencios sociales los que ahora recuperan su sonido. De repente cae la luz sobre las zonas de sombra, sobre esas externalidades que veíamos que no contabilizan las empresas o sobre todos esos servicios públicos que han sido desinflados y mercantilizados por el camino, y que ahora nos resultan indispensables.

De repente se cae el velo y se vuelve lógico lo formulado por algunos pensadores anarquistas que nos hacían reflexionar sobre si todas las profesiones, labores y ocupaciones tienen un sentido real. ¿Necesitamos a un accionista o a un corredor de bolsa para vivir? ¿A un publicista, a un gerente, a un vendedor de seguros? ¿Es quizá la agricultora, el reponedor, el enfermero, la barrendera, la limpiadora, la maestra, el bombero, la repartidora, el cuidador, el músico, el cuentacuentos, la poeta, la profesora de baile, los que realizan las cosas realmente necesarias? Y si éstas personas son las que proveen de las necesidades básicas a la ciudadanía ¿Tiene sentido que sean entonces los más precarios de la sociedad? 

Se destapan mecanismos ocultos y nos hacemos preguntas: ¿de dónde vienen los alimentos que consumimos? ¿Es normal desplazarnos miles de kilómetros para descansar, como pretende la industria turística? ¿Si alteramos o deterioramos los ecosistemas, puede tener consecuencias sobre nuestras vidas? ¿Son inmutables las medidas de austeridad o son el dinero y los incentivos económicos, al fin y al cabo, decisiones tomadas por humanos? Mi vida cotidiana ¿tenía sentido? Nuestro modo de vivir y nuestras viviendas ¿valen la pena? ¿Vale la pena lo que somos y a lo que nos dedicamos? ¿Valen la pena el empleo y los cuidados, tal como están planteados? 

Como nos ejemplifica China, el capitalismo no es necesariamente un sistema que va de la mano de la democracia, ni mucho menos son sinónimos o hermanas siamesas. De hecho como venimos comprobando, se lleva igual de bien o mejor con los regímenes de corte autoritario. ¿Será la crisis del coronavirus un golpe de muerte al capitalismo como augura Zizeck o una nueva era donde China, inicialmente la nación más afectada por el virus, imponga su preeminencia económica y política, apoyada principalmente en el control tecnológico de la población, como vaticina Byun-Chul Han?

 Mi naturaleza pesimista me lleva a inclinarme hacia un escenario donde, dadas las diferencias de medios y recursos, la ultraderecha buscará la manera para que la conclusión sea que necesitamos más mano dura, más control, más grandes empresarios superhéroes y también más mercado. Sacrificar la propia vida para que no pare la economía y nunca poner la economía al servicio de la vida. Pero la historia de la humanidad es el pulso constante entre movimientos que se confrontan, y la cuestión es qué vamos a hacer nosotras y nosotros desde los movimientos sociales transformadores. La cuestión es si vamos a ser capaces de utilizar la luz que pasa por la grieta para romper el cuadro y el marco y pintar uno nuevo. Lo que toca plantearnos ahora es qué marcos de interpretación de la situación ponemos a disposición de la opinión pública, qué sentido le damos a esta nueva realidad y qué utopía hacia la que caminar vamos a dibujar y a poner sobre la mesa desde la izquierda antiautoritaria, en este contexto de ruptura con la normalidad anterior. Nos toca rescatar del sentido común de la gente aquellos elementos que les indican que es necesario procurarnos una organización social que nos proteja y dé cobijo a todas y todos como seres eco e inter-dependientes y como con cuerpos vulnerables que somos, que como apunta el ecofeminismo. Pero nos toca hacerlo con altura de miras, con utopías de referencia que sirvan para todas: urbanos, rurales, mujeres, hombres, niños, adultos, ancianos… Nos toca demostrar que el capitalismo no es el único ni el mejor de los sistemas posibles pero, sobre todo, que hay alternativas a su forma de organización económica y social.

Considero que una de las primeras lógicas erradas que hay que destapar es la del beneficio y la acumulación como la motivación elemental a la hora de satisfacer las necesidades sociales. Porque, como diría César Rendueles, el capitalismo y el libre mercado son una rareza antropológica. Muchas personas empiezan a plantearse que quizá no es normal que la solución a la creciente necesidad y demanda de “geles alcohólicos” en un momento de crisis humanitaria sea subirles el precio, que resulta un poco extraño que tenga que ser el propio gobierno el que controle precios, porque lo que no se sostiene es que alguien intente lucrarse todavía más en una situación como esta. ¿Quizá no deberían simplemente valer lo que costó producirlas?. Resulta algo kafkiano incluso que a alguien se le haya ocurrido, en un momento así, cambiar el color, el estampado y el diseño de las mascarillas y así venderlas más caras, para que no muera nunca el estilo y se pueda seguir yendo a la moda.

Pero además tenemos que inventar soluciones, y soluciones a gran escala, y para eso será necesario hacernos muchas preguntas, algunas casi ontológicas. ¿Cómo creamos un sistema donde podamos asegurar que se cubren las necesidades básicas de toda la gente sin comprometer al planeta y por ende a nuestra propia especie? ¿Cuáles son esas necesidades? ¿Cómo creamos un modelo de sociedad que garantice la salud y proteja a las personas sin conculcar sus libertades? Y sobre todo, ¿cómo transitar a ese nuevo sistema sin generar sufrimiento humano?

¿Cómo cambiar las cosas siendo conscientes de que vivimos en un mundo donde el desarrollo tecnológico permite formas de control social que no tienen precedentes? ¿Cómo contrarres-tamos la penetración de los fake news de la derecha, que nos está ganando la batalla cultural? ¿Cómo conseguir que no nos tome la delantera una solución neofascista? ¿Son las únicas opciones posibles el capitalismo democrático o el autoritario? ¿Qué hacer, aprendiendo las lecciones de los errores y terrores de la economía planificada? ¿Es viable una suerte de Green New Deal o el sistema está ya tocado de muerte? ¿Queremos mantenerlo vivo de forma artificial, darle la estocada final o ir sedándolo y procurarle una suerte de eutanasia? ¿Qué papel ha de jugar el Estado como entidad que permita garantizar el procomún y asegurar la redistribución? ¿Cómo garantizamos la democracia y qué democracia? ¿Cómo han de tomarse las decisiones para que no se produzcan derivas oligárquicas, de concentración y abuso de poder?

¿Cómo construimos ese nuevo mundo sin dejar atrás las luchas de los distintos movimientos sociales, recordando que todas las opresiones están entrelazadas, como plantea el enfoque de la interseccionalidad? Pero a la vez, ¿cómo lo hacemos para reconocernos todas y todos en un mínimo múltiplo común que nos sirva de pegamento? ¿Cuáles son aquellos logros de la modernidad de los que queremos seguir disfrutando (la posibilidad del espíritu crítico, la libertad, igualdad y fraternidad, el derecho a la duda y a la disensión, el desarrollo científico, los adelantos médicos, la esperanza de vida…)?

El enemigo es muy poderoso. Aquellos que, pese a estar también amenazados, quieren seguir enriqueciéndose, van a intentar volver a seducirnos con nuevas máquinas de persuasión y luego, si es necesario, con mecanismos propios del Estado del terror. Esta crisis puede conllevar el empobrecimiento masivo de una parte importante de la población, ¿pero la única manera de arreglar esto es alimentar una máquina que nos acaba destruyendo a nosotros mismos? ¿Sólo podemos salvarnos cavando nuestra propia tumba? ¿Tendremos que elegir entre la salud (ya sea por un virus o por restricciones debido a la contaminación o los desastres naturales) y la libertad? Pero sabemos si quiera, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad y de justicia?

Quizá la única respuesta esperanzadora a todos los problemas que estén por venir -ya vengan de la mano de una emergencia climática, un virus, un terremoto o un colapso financiero- sea siempre la misma. Quizá no tenemos todavía la receta exacta, pero sí muchos de los ingredientes. El amor como pegamento común, la solidaridad, la justicia social. El pacifismo y el antiautoritarismo. Poner en el centro el buen vivir, la práctica de una vida que merezca ser vivida y que no sea un privilegio de unos contra otros sino una posibilidad para todos y todas a la vez. 

Una de las posibles claves que me veo tentada a señalar es el virus como metáfora. Quizá sea lo pequeño y no las grandes estructuras, lo que más capacidad tiene de adaptarse y mutar, de reinventarse, lo más duradero en el tiempo, lo que se adapta mejor a un planeta que ya no puede sostener que se le extraiga ni exprima más desde la lógica de la conquista, dominación y la explotación. El dilema es cómo articulamos lo pequeño, evitando que algún nodo crezca y se convierta en colonizador y cancerígeno.

Es hora de que nos pongamos a trabajar, juntos e intensamente, en construir ese mundo que queremos, un modelo que permita descolonizar el imaginario capitalista que estructura nuestras mentes aprovechando la situación de ruptura. Es tiempo de generar políticas y medidas prácticas que ofrecer ante esta grieta que se abre. La grieta puede ser aprovechada para dar paso a la distopía del héroe individual a la que tanto nos tienen acostumbradas las series de las diversas plataformas multimedia o televisivas, pero son también las crisis y rupturas abruptas las que hacen caer los órdenes antiguos. Aquí solo trazo algunas preguntas que permitan ir esbozando respuestas, desde las ganas de entendimiento y la generosidad.

La buena noticia es que sólo es necesaria la acción decidida y firme de una parte suficiente -que no toda- de la población dispuesta a comportarse de manera colectiva para conseguir los cambios, como ya demostraron las que lucharon por los derechos laborales, civiles, de género, muchas veces desde la desobediencia civil y pacífica. La historia de los movimientos sociales está llena de ejemplos de avances y resistencias que son los que han contribuido a consolidar los progresos que merecen la pena mantener, ejemplos que el poder se encarga de minimizar y silenciar.

Quizá el mundo que queremos se parezca un poco a este, más sosegado, con tiempo para contemplar, conversar, escribir, reflexionar, con aire limpio con que llenar nuestros pulmones… Parecido a este pero sin miedo, sin diferencias sociales derivadas de la familia que te haya tocado, de las condiciones del hogar que tienes la suerte o la desgracia de habitar, sin la soledad impuesta para las personas que no tienen familia o red. Por supuesto sin represión, sin caza de brujas, sin invención de chivos expiatorios entre los más débiles, tomando de nuevo las calles para la gente.

Noelia Sánchez Suárez Marzo de 2020

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Capítulo 2. ¿Y SI LA MEJOR MANERA DE DOBLEGAR AL VIRUS ES TRANSFORMANDO LA SOCIEDAD EN UN ORGANISMO SANO?

​Si encontráramos el modo de que cada persona hiciera la cantidad correcta de ejercicio y recibiera el alimento necesario, ni en exceso ni en defecto, habríamos hallado el camino más seguro hacia la salud.” Hipócrates

Este virus ha puesto patas arriba nuestra normalidad cotidiana. Nos encontramos inmersas en plena catástrofe y ha sido necesario poner en práctica medidas de choque muy restrictivas y agresivas. La inmensa mayoría de las personas, entre las que me incluyo, las acata con la mayor voluntad y disciplina que le es posible, en aras de salir cuanto antes de esta terrible situación. Resulta no obstante inevitable plantearse las consecuencias que todo esto tendrá en nuestro futuro inmediato: recesión económica, cambios en nuestra forma de vivir, trabajar, relacionarnos… que puedan haber venido para quedarse.

Las consignas están claras, son las mismas para las personas consideradas de forma individual que para el conjunto de la sociedad: no salir de casa, lavarse las manos, guardar distancia social, aislarse en caso de presentar síntomas. Nos encontramos en el epicentro del problema y el enfermo, que es la sociedad entera, está recibiendo un tratamiento de choque muy agresivo, pero quizá pertinente; hay que salvarle la vida, evitar que empeore.

Se trata de una lógica médica frecuente cuando ya nos encontramos con la necesidad de acudir a un especialista. Se nos están dando recomendaciones que son habituales para reducir contagio en el caso de muchos otros patógenos que pueden generarnos enfermedades. No obstante, pocas veces aparecen, por lo menos en el discurso oficial, otra clase de recomendaciones igualmente avaladas por la ciencia y la medicina, que son claves para que las personas no se enfermen ahora ni nunca. Son las que tienen que ver con mantener un buen estado de salud general que nos prevenga de llegar a situaciones que requieran tratamientos agresivos. Estas otras recomendaciones se basan en reforzar nuestro sistema inmunitario. Tener una dieta saludable, respirar aire limpio, mantener las viviendas bien ventiladas y sin humedades, hacer ejercicio físico, tomar un poco de sol en horas determinadas para favorecer la absorción de vitamina D, mantener relaciones sociales sanas, reducir el estrés o cuidar el bienestar emocional, son componentes de la receta para prevenir cualquier tipo de problema de salud. Por otra parte, son las personas que tienen un estilo de vida de estas características las que presentan mayores probabilidades de evolucionar favorablemente en caso de enfermarse.

Lavarse las manos con agua y jabón es probablemente la práctica más simple y barata que ha contribuido a salvar más vidas en la historia de la medicina. Revolucionó la práctica médica en el s.XIX. Mucho antes, el propio Hipócrates (460 a.c.- 370 a.c) señalaba el hecho de lavarse como una de las claves de la buena salud, de la misma manera que ponía el acento en la alimentación y en el ejercicio físico. “Caminar es la mejor medicina para el hombre”, decía. ​Avances científicos tales como el descubrimiento de la penicilina generaron la posibilidad de curar enfermedades producidas por bacterias a principios de siglo, revolucionando nuestra esperanza de vida. No obstante, el mal uso y abuso reciente de los antibióticos está generando nuevos problemas que constituyen otro de los riesgos futuros a los que pueda tener que enfrentarse la humanidad. En la actualidad muchos científicos ponen el acento en la importancia de que la biota de nuestros organismo se encuentre en equilibrio para evitar enfermarnos, para lo que, en algunos casos, el uso de antibióticos y el exceso de higiene pueden resultar contraproducentes. Por otra parte, cambios estructurales en las ciudades de los países industrializados que requirieron una gran inversión pública frente a la lógica privada, como la mejora en la red de saneamiento, supusieron que el conjunto de la población estuviera menos expuesta a posibles fuentes de infección derivadas de vertidos fecales. Lo mismo ocurrió con posibilidad de tener acceso al agua potable en los países ricos, que resultó fundamental para la mejora de la salud individual y colectiva. De la misma manera, la importante inversión realizada en ​los sistemas sanitarios públicos propios de los estados del bienestar keynesiano, mejoró los indicadores de salud de los países desarrollados. Igualmente, son los países donde existen dietas más variadas, con mayor presencia de fruta y verduras, las que presentan mejores indicadores de salud de su población. Mucho estudios señalan que la educación, la capacidad de autocuidado, el mantenimiento de relaciones familiares y comunitarias frente a la soledad y, sobre todo, no estar afectado por la pobreza, también ayudan a alargar la vida y mantener mejor estado de salud con la edad.

Lo que pretendo subrayar con todo esto es que hay dos formas de abordar un problema de salud. Una es poniendo en marcha ciertos protocolos y tomando determinados medicamentos, que suelen ser costosos para el paciente o para el sistema sanitario, muchas veces con efectos secundarios que pueden generar ulteriores dolencias en otros partes de nuestro cuerpo. La otra tienen que ver con modificar nuestro estilo de vida, generando de forma paulatina cambios positivos que redundan en mejorar todos los aspectos de nuestra salud y que, además de eso, nos permiten vivir una vida más larga y feliz. Si mañana nos detectaran un problema de hipertensión arterial, tal como funciona nuestro sistema sanitario probablemente nos receten alguna medicina de por vida y nos den vagamente otras recomendaciones (evitar la sal en las comidas, dejar de fumar…). Pero son las personas que cambian decididamente su forma de vivir (cambian su forma de comer transitando hacia una dieta menos cárnica y más basada en el consumo de fruta y verdura, realizan ejercicio de forma regular, llevan una vida menos estresante…) las que pueden permitirse en general llegar a viejos prescindiendo de las medicinas y tirando poco del sistema sanitario.

De la misma manera puede haber dos formas de solucionar “enfermedades” de orden social, sobre todo cuando lo que buscamos es prevenirlas a largo plazo. Una es con un tratamiento agresivo -aislamiento, control y disciplina, hiper-vigilancia…- que corremos el riesgo de que se vuelva crónico. La otra forma es generando un cuerpo social más saludable, poniendo en práctica aquellos cambios que permitan que seamos una estructura social más sana y menos desequilibrada.

La metáfora organicista ha sido frecuente en la sociología. No suelen ser de mi gusto porque resaltan la dimensión armónica de nuestras sociedades, frente al inherente conflicto entre actores –entre clases y agentes sociales- que subrayan otras perspectivas. Concibieron la sociedad como una suerte de organismo vivo compuesta de diferentes órganos en equilibrio ​Durkheim, Spencer y más recientemente Parsons y los funcionalistas. Pero quizá pueda ser un recurso útil para ilustrar otras posibles maneras de abordar a largo plazo el problema de “seguridad sanitaria” al que nos enfrentamos.

Estas semanas algunas voces críticas dentro de los movimientos sociales y el periodismo han puesto sobre la mesa el abuso y la sobreactuación con que desde el Gobierno se ha valido asimilar la actual situación a la de una guerra en la que debemos combatir y armarnos contra un virus como supuesto enemigo. Esta se ha convertido en la escenificación habitual de las comparecencias oficiales. Es por eso que les invito a cambiar la metáfora belicista por otra, la de la regeneración del cuerpo social para convertirlo en un organismo sano, mucho más resistente a sucumbir a cualquier contagio, en forma de virus pero también de odio y de miedo. Les invito a imaginar, desde ahí, los cambios necesarios para generar un sistema social más saludable que nos permita ser más resilientes tanto ante situaciones como la que estamos viviendo como ante otras derivadas de la emergencia climática, las catástrofes naturales, etcétera. Les animo a construir un escenario en positivo, una utopía cercana y posible, frente a los incontables discursos distópicos que nos inundan estos días con futuros hiperindividualizados, confinados y controlados.

Hay quien en las redes sociales parangonaba la actual situación de sálvese quien pueda con la relatada en la magnífica novela de Saramago “Ensayo sobre la ceguera”. Propongo valernos de la idea que sirve de trama a la obra que le sigue, “Ensayo sobre la lucidez”. Supongamos que dentro de un mes buena parte de los habitantes del Estado incluídos los miembros del Gobierno nos levantamos por la mañana con criterio lúcido. Tras el golpe de realidad que ha supuesto el paso de esta terrible enfermedad nos empezamos a hacer las preguntas importantes, aquellas que tienen que ver con nuestras verdaderas necesidades como seres humanos, esto es, qué tipo de sociedad queremos ser y cuáles son los cambios de “estilo de vida social” que tenemos que poner en marcha para generar condiciones de vida que merezcan la pena y nos prevengan de esta y muchas otras enfermedades. Imaginemos que tenemos una nueva comparecencia oficial. Esta vez los miembros del Gobierno están acompañados por su recién estrenado gabinete de expertos ante la crisis sanitaria. Ya no hay mandos militares sino personal sanitario (algunos médicos/as, especialistas y de familia, enfermeros/as…). También una arquitecta, un nutricionista, una entrenadora física y un psicólogo. Además, y en primera fila una cajera de supermercado, un niño de 9 años de un bloque de viviendas, una estudiante de secundaria, un maestro, una cuidadora, un autista, un anciano que vive solo, un agricultor ecológico, una migrante jornalera, una quesera artesanal del mundo rural, una embarazada, un parado de larga duración, un joven repartidor… Abre la intervención una de sus integrantes e introduce:

“Después de superar la peor fase de la pandemia y reunido el nuevo Consejo Asesor, pasamos a enumerar las medidas que recoge el decreto que entrará en vigor mañana. Poco a poco iremos recuperando la actividad habitual, pero ya estamos trabajando para poner en marcha medidas estructurales que nos permitan prevenir catástrofes sanitarias en el futuro. Comenzaremos por la reconfiguración absoluta de las grandes ciudades, como luego les explicarán con más detalle la arquitecta y urbanista, el niño y el anciano. Las ciudades decrecerán y se harán más amables. Contarán con mayores espacios libres y verdes para pasear, hacer deporte y montar en bicicleta restando espacio al tráfico rodado, con el objetivo de evitar aglomeraciones, mejorar la salud física de la población y la calidad del aire, claves para evitar enfermedades respiratorias. Se realizará un estudio de las condiciones de habitabilidad de cada vivienda, para conocer cuánto espacio poseen y cuántas personas las habitan, si les da el sol, si están bien ventiladas y sin humedades. Se realizará un censo de personas ancianas que viven solas y se buscarán soluciones a aquellas familias en peores condiciones, contando para ello con el parque de viviendas vacías liberado de bancos y fondos buitre. Con la finalidad de resolver posibles problemas futuros de desabastecimiento alimentario, se llenarán las ciudades de huertos urbanos. Como les comentará más tarde la quesera, ya estamos elaborando medidas para reestructurar la economía recuperando los pueblos rurales vaciados y reequilibrar nuestra terciarizada economía mediante la reactivación del sector primario. Las casas y las fincas baldías de nuestro campo quedarán por decreto a disposición de quien quiera plantarlas y vivirlas, con especial prioridad para las familias con hijos. Se asegurarán todos los servicios necesarios a la población rural y se garantizará también la compra de la producción local a precios justos, anteponiéndola a los alimentos importados. Es necesario rejuvenecer el campo y descargar nuestras ciudades de tanta densidad poblacional, para vivir en poblaciones más seguras. Como luego comentarà el nutricionista, se prohibirán todos los alimentos ultraprocesados y repletos de azúcares de mala calidad que dañan a la larga nuestra salud. Directamente, no se considerarán alimentos, sustituyéndolos por la fruta y verdura procedente de la producción local a precios razonables. Se mejorará así la salud general de la población, se reducirá el gasto farmacéutico y se descargará al sistema sanitario de esas otras dolencias. Por supuesto como ya hemos adelantado, con lo ahorrado en gasto militar y cuerpos de seguridad, redoblaremos el número de médicos/as, enfermeros/as y camas hospitalarias e invertiremos en medicina preventiva. Nunca más los criterios de rentabilidad y maximización de las ganancias privadas será los elegidos para asegurar que las necesidades esenciales para la vida sean cubiertas. La preservación de los ecosistemas naturales será también otro de los ejes principales de este paquete de medidas, habida cuenta de la amenaza que supone alterarlos y destruirlos para la aparición de zoonosis y otros innumerables efectos perjudiciales. En cuanto a la educación, recuperaremos su modalidad presencial pero desde otros parámetros, apoyada por supuesto en las herramientas online. Como ya nos comentará la estudiante de secundaria, se reestructurará el sistema educativo para que responda a las verdaderas necesidades del alumnado en estos nuevos tiempos. Asignaturas como Música, Plástica, Filosofía y Educación Física serán fundamentales en el currículum, así como otras nuevas como Cocina y Alimentación Saludable, Danza y Movimiento y otras relacionadas con las actividades artesanales de tipo manual. Como nos explicarán también el psicólogo, el parado, la cajera y la cuidadora, se implementarán medidas para el reparto del trabajo, de todos los trabajos – también el de cuidados- reduciendo la ansiedad y depresión de unos y el estrés de otros, estados mentales que tanto debilitan nuestro sistema inmunitario. Se garantizarán una renta mínima y unos servicios de calidad, porque hemos aprendido que la pobreza y la desigualdad son la mayor enfermedad que corroe y perjudica al conjunto social, porque este virus solo entiende de seres humanos en los que hospedarse y no distingue de poder adquisitivo, raza, ideología ni religión.

Después de esta introducción, toma la palabra el niño de 9 años, que entra al detalle de las medidas que sus congéneres han propuesto, destinadas a potenciar la salud durante la infancia…”

Se trata solo de un ejercicio de imaginación y creatividad que pretende servir de inspiración. Lo que seguro es cierto es que construir el mundo que dibuja este relato utópico no vendrá del estado de iluminación divina de quienes gobiernan. Habremos de estar lúcidos desde abajo, frente al miedo y la sobreinformación, como propone la novela de Saramago, y presionar entre todas y todos para mejorar la salud de nuestro organismo social. Porque la medicina moderna, con todas sus bondades, es también la historia del disciplinamiento de los cuerpos, y el diseño de la sociedad que queremos no podemos dejarlo únicamente en manos de médicos especialistas en un único campo y mucho menos de militares, de la industria farmacéutica y el perverso mecanismo de las patentes privadas, del oligopolio de las telecomunicaciones, los algoritmos, la inteligencia artificial y la tecnocracia. No va a venir de un sistema que antepone el beneficio económico a la justicia e igualdad entre los seres humanos. Seremos nosotras las que debamos empezar a imaginar y a construir un cuerpo social más saludable.

Noelia Sánchez Suárez Abril, 2020.

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