Disputar la nueva “normalidad” en clave ecosocial

Rubén Gutiérrez Cabrera

Graduado en Relaciones Internacionales y Experto en Economía Social y Solidaria por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Activista ecosocial, ha sido coordinador de movilizaciones climáticas, promotor de programas formativos vinculados a las transiciones ecosociales y dinamizador de procesos de presupuestos participativos.

La solidaridad comunitaria que se originó en los aplausos de los balcones, en el apoyo vecinal, en las redes de cuidados… debe ser el germen de un nuevo impulso colectivo que empuje los límites de lo posible.

La vuelta a la normalidad, como cualquier proceso social, está siendo y será un proceso atravesado por conflictos y relaciones de poder. Es fundamental no perder de vista ni un solo segundo que, por más que repitan que “el virus no tiene ideología” (eslogan recurrente sobre todo entre los responsables de la privatización del sector sanitario), lo cierto es que los modos a través de los cuales se pueden prevenir, gestionar y solventar las crisis, nunca están predeterminados ni son el resultado de ningún fenómeno natural. Por el contrario, son la consecuencia de decisiones políticas concretas que, a su vez, reflejan la correlación de fuerzas existente en cada sociedad y en cada momento.

Las más de 50 reuniones que el Presidente del Gobierno de Canarias afirma haber mantenido con agentes políticos, económicos y sociales para convertir al archipiélago en la primera Comunidad Autónoma en aprobar el pasado 30 de mayo un Pacto de reconstrucción por el COVID-19, hablan precisamente de este hecho: estamos ante una pugna entre, por un lado, quienes pretenden restablecer la misma normalidad que nos ha traído hasta aquí, y por otro, quienes apuestan por aprovechar el revulsivo que esta crisis ha supuesto para acometer una gran transformación de nuestro modelo socioeconómico atendiendo a los urgentes retos ecosociales de nuestro tiempo.

No obstante, debemos reparar en otro importante acontecimiento que tuvo lugar la misma semana en que fue aprobado este pacto, un acontecimiento del que no se habló en ningún medio de comunicación y que pasó completamente inadvertido: la organización Global Footprint (Red Global de la Huella Ecológica) anunció que, en apenas 5 meses, el Estado español había sobrepasado su biocapacidad; es decir, que si todo el mundo tuviera nuestro nivel de vida “medio” (una media que es engañosa, pues se distribuye desigualmente según la clase social) habríamos arrasado con los ecosistemas y ya no quedarían recursos naturales para el resto del año, por lo que probablemente nos extinguiríamos y con nosotros incontables especies. Nada nuevo, por otro lado, ya que el Estado español, como todos los países del Norte global, viene superando su límite de uso de recursos desde hace medio siglo, alcanzando este límite cada año más temprano. Y sobra aclarar que, por supuesto, este sobreconsumo solo es posible gracias a que es compensado por la desposesión de recursos de otras regiones del planeta y el empobrecimiento de poblaciones enteras de la periferia global. Esta es la normalidad a la que algunos nos quieren hacer regresar.

Pero no nos equivoquemos: si alejamos un poco el zoom con el que miramos la historia, veremos que lo que considerábamos “normalidad”, en realidad constituye más bien una excepción en términos planetarios. En apenas unas décadas, las condiciones ecológicas y climáticas que se han dado en nuestro planeta en los últimos 12.000 años aproximadamente han sido desestabilizadas por el ser humano (o para ser más exactos, por el sociometabolismo del sistema capitalista global). Basta con echar un vistazo a cómo ha sido el comienzo de este año 2020: incendios en Australia, tormenta DANA, fuertes alertas por calima, intensificación de sequías, olas de calor o una pandemia global, entre otras catástrofes. No es casualidad: como afirma Luis González Reyes, son “indicadores claros de que estamos asistiendo al colapso del capitalismo global y de la civilización industrial”.

Vivimos en lo que el sociólogo Ulrich Beck ha denominado la “sociedad del riesgo”. Desde los años 70, la comunidad científica ha venido advirtiendo de los riesgos que entraña para el clima, los ecosistemas y nuestra salud mantener un modelo económico basado en el crecimiento sin límites y el consumo desenfrenado de recursos. Las investigaciones científicas sugieren de hecho que fenómenos como la pérdida de biodiversidad o la extinción masiva de especies, causados por el exceso de impacto inducido por la acción humana, están incrementando el riesgo de trasmisión de enfermedades infecciosas provenientes de otros animales, como en este caso ha podido ser el murciélago o el pangolín (SIDA, Malaria, Rabia, Coronavirus…). Somos una especie ecodependiente e interde-pendiente, pero destruimos las bases materiales que sostienen la vida mientras fantaseamos con colonizar Marte. El Titanic se hunde, y aunque las élites traman abandonar el barco, no habrá botes salvavidas para todos.

En este sentido, apunta la Fundación FUHEM, la crisis del COVID-19 puede entenderse como un “ensayo general de las amenazas globales que se desprenden de la crisis ecosocial”. Pues bien, si algo ha puesto de manifiesto este ensayo, es la alta vulnerabilidad de nuestro sistema. Como bien ha analizado Ben Magec para el caso del modelo canario, en el contexto de una economía deslocalizada y fuertemente dependiente del exterior, la resiliencia social (esto es, la capacidad de una comunidad para responder en caso de situaciones adversas) es preocupantemente baja. En este marco, una mirada a los planes de reactivación como el aprobado por el Gobierno de Canarias muestra que no hay espacio para la autocomplacencia: nos encontramos ante un paquete de medidas inclinado en favor de los intereses de la industria turística, frente a quienes plantean dejar atrás un modelo insostenible basado en el monocultivo del turismo barato y de masas. Una vez más, nos llevan ventaja.

Por todo esto, toca trabajar para cambiar la correlación de fuerzas. La solidaridad comunitaria que se originó en los aplausos de los balcones, en el apoyo vecinal, en las redes de cuidados (como la surgida en la capital grancanaria Un Barrio Contigo)… debe ser el germen de un nuevo impulso colectivo que empuje los límites de lo posible. Cosas que hace unos meses nos hubieran parecido imposibles, como teletrabajar o contar con una Renta Básica (no universal pero sí experimental), hoy van camino de convertirse en parte de esa nueva normalidad incipiente. Alterar las coordenadas con las que entendemos el mundo requiere un gran esfuerzo, por eso las sociedades cambian despacio. Pero en momentos parteaguas como el actual, se abren ventanas de oportunidad que nos exigen recuperar la fuerza de la utopía para escribir un futuro diferente en el que la sostenibilidad de la vida, de una vida digna de ser vivida, esté en el centro.

Para desplegar esta imaginación utópica, qué mejor que hacerlo de la mano de ese sujeto de transformación inherentemente creativo e innovador: la juventud; esa juventud que, inspirada por la figura de Greta Thunberg, se organizó globalmente en torno al movimiento Fridays For Future, convirtió el año 2019 en el ”año del despertar climático” y ahora, en el contexto post COVID-19, se reinventa para seguir impulsando la transformación ecosocial, más aún cuando la Cumbre del Clima COP26 ha sido aplazada por unos gobiernos que parecen estar más preocupados por la vuelta de La Liga que por dar respuesta a uno de los grandes desafíos globales como es el cambio climático.

Ahora más que nunca, necesitamos distancia física pero no social, pues amparados en nuestro confinamiento, nuestros gobiernos podrían caer en la misma tentación en la que ha caído la Ministra de Energía de la provincia canadiense de Alberta, quien afirmaba que este “es un momento fantástico para construir un oleoducto, porque no pueden juntarse más de 15 personas a protestar”. De ahí que, con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, las plataformas 2020 Rebelión por el Clima y Alianza por el Clima hayan convocado una acción el próximo 5 de junio para reclamar que la vuelta a la normalidad sea con justicia social y ambiental. En esta línea, urge trenzar alianzas sociales y presionar para que la salida de la crisis del COVID-19 se parezca lo máximo posible a una suerte de “Plan de Transición Ecosocial gradual”, en la línea que planea la Coordinadora El Rincón-Ecologistas en Acción para la sociedad canaria o el Foro Transiciones para el conjunto del Estado.

Vivimos una década decisiva. Nuestra civilización se encuentra hoy ante la disyuntiva de reestructurarse o perecer. La humanidad tiene ante sí la posibilidad de continuar comportándose como un virus destruyendo los ecosistemas y la vida, o ponerse del lado del sistema inmunológico del planeta. En cualquiera de los casos, la vida en la Tierra seguirá su curso, con o sin nosotros.

En el Tao, el ciclo vida-muerte es presentado como una manifestación del proceso creativo del universo, del eterno retorno, dentro del cual la muerte solo es el camino de vuelta a la unidad y el armonioso equilibrio del orden natural. 

Por eso, como canta Residente: “Y si este es el final, encontraremos la belleza. / Quizás en realidad, ahora es cuando todo empieza”.

La vida puede ser hermosa. Luchemos por ella.

Autor: Rubén Gutiérrez Cabrera

Twiter: @Ruben_GCGC

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